viernes, 6 de julio de 2012

Una lucha contra la violencia simbólica

   
   Cuando se habla de violencia de género, suele pensarse que su única modalidad es la agresión física. Sin embargo, el término violencia es muy amplio y puede expresarse de varias formas. Una de ellas es la violencia simbólica, que se canaliza a través del discurso y contribuye a naturalizar la desigualdad entre el hombre y la mujer.

   La obra Hombres, del grupo de teatro independiente platense Barrilete Cósmico, aborda esta desigualdad tomando como eje a la sexualidad. Natalia Falcón y Lorena Funes, las dos actrices que integran el grupo, proponen desde lo artístico una mirada crítica de los prejuicios que tiene la visión masculina –predominante en la sociedad– sobre la relación de la mujer con el sexo; el objetivo es articular un relato que permita superar los estereotipos y la mirada estigmatizadora sobre el género femenino.  

   Antes de comenzar el análisis, es preciso definir qué se entiende por crítica. Según afirma la docente y escritora argentina Susana Cella, la crítica “examina, sopesa y formula hipótesis estableciendo rupturas respecto de un ordenamiento dado, cuestionándolo en sus supuestos, en definitiva poniéndolo en crisis”(Cella, 1999, p.15)1. Se trata de un ejercicio intelectual que apunta a dudar de lo establecido, a proponer un quiebre en aquello que tiene apariencia de real, verdadero e indiscutible.

   Hombres, según esta definición, es en sí misma una crítica. Su finalidad es reivindicar un discurso sexual construido exclusivamente desde una óptica femenina y que, según las protagonistas de la obra, es objeto de cierto grado de reprobación social. “Si vos vas por la calle y yo te grito algo relacionado con sexo, eso te descoloca totalmente –afirma Natalia–. En cambio, si escuchás que el que grita es un hombre, no te das ni vuelta porque ya estás acostumbrado a eso. Que lo haga una voz femenina es más fuerte”.


   El sociólogo francés Pierre Bourdieu explica en su ensayo "La dominación masculina" que el nivel de aceptación de los discursos del hombre y de la mujer en la sociedad es distinto: "La fuerza del orden masculino se descubre en el hecho de que prescinde de cualquier justificación: la visión androcéntrica se impone como neutra y no siente la necesidad de enunciarse en unos discursos capaces de legitimarla" (Bourdieu, 1998, p.22)2. Por eso el aporte principal de Hombres radica en que propone una mirada contra-hegemónica sobre la sexualidad.

   La construcción femenina se despliega de dos maneras: mediante el diálogo explícito sobre sexo –los personajes son dos amigas que comparten sus experiencias– y a través del cuestionamiento hacia los preconceptos de la visión masculina sobre la mujer y la sexualidad.


   El pensamiento generalizado de los hombres, tal como aparece planteado en la obra, ubica a la mujer en una posición más sensible e ingenua que aquellos. Para el sentido común, el género femenino ve en el acto sexual una declaración de amor, un compromiso sentimental que va más allá de lo corporal. A la inversa, el hombre toma al sexo, siempre hablando en términos generales, como una mera necesidad, un placer, una satisfacción momentánea.

   En la obra, la intención de equiparar los discursos sexuales del hombre y de la mujer es por demás explícita: "Ellos desconocen que una quiere exactamente lo mismo. Conclusión, hay que decirlo: 'Flaco, ¡sólo quiero sexo!'", se indigna una de las chicas. En otro pasaje, su amiga se queja por "los famosos malos entendidos: ellos se piensan que porque sos un poquito dulce y les hacés algún tipo de mimos, ya sos Julieta que no tenés Romeo".


   Si hay algo que se destaca en la obra es la ausencia de contradicción entre los dos personajes: las actrices se dan la razón en todo; lo que afirma una siempre es corroborado por la otra. Esta complicidad constante que existe entre las dos protagonistas no es producto de la casualidad, sino que tiene una finalidad específica: funciona como una analogía; el recurso de crear un consenso intenta mostrar que muchas mujeres piensan de la misma forma.

   Retomando el prejuicio de la óptica masculina con respecto a lo que significa el sexo para la mujer, es preciso señalar que su consecuencia directa es la instalación de un estereotipo, una determinada imagen social sobre el género femenino; el problema que aparece aquí es que esa conceptualización está presente en el discurso social dominante. El filósofo francés Michel Foucault plasmó en "El orden del discurso" una hipótesis sobre cómo éste, lejos de ser inocente, se configura como herramienta de censura y diferenciación social.

   El planteo de Foucault se centra en los mecanismos de exclusión social, de los cuales la prohibición es el más común. "Se sabe que no se tiene derecho a decirlo todo, que no se puede hablar de todo en cualquier circunstancia, que cualquiera, en fin, no puede hablar de cualquier cosa" (Foucault, 1970, p.5)3. Uno de los tres tipos de prohibiciones que proponía el autor era, precisamente, "el derecho exclusivo o privilegiado del sujeto que habla" y señalaba que, junto con la política, la sexualidad es uno de los ámbitos donde se juegan las relaciones de poder. 

   El aporte teórico de Foucault es interesante para comprender el valor de la obra. Más allá de buscar el entretenimiento y la complicidad con el público femenino, intenta romper con esa prohibición que recae sobre la mujer y que le impide hablar abiertamente sobre sexo sin ser objeto de algún tipo de condena social. De ahí que el lenguaje utilizado en la obra, las referencias explícitas al tamaño del pene y a la satisfacción sexual y la crítica sin tapujos a la concepción idealizada del sexo se configuren como marcas de un relato que procura obtener el mismo grado de legitimidad que el discurso masculino; lo que está en juego es la lucha por revertir una imagen social generalizada y estigmatizadora sobre la mujer, una disputa por el sentido en el campo de lo discursivo.


   Bourdieu habla de "dependencia simbólica" para referirse a la construcción de estereotipos y su impacto en la imagen de las mujeres en la sociedad y señala: "Existen fundamentalmente por y para la mirada de los demás, es decir, en cuanto objetos acogedores, atractivos, disponibles. Se espera de ellas que sean 'femeninas', es decir, sonrientes, simpáticas, atentas, sumisas, discretas, contenidas, por no decir difuminadas. Y la supuesta 'feminidad' sólo es a menudo una forma de complacencia respecto a las expectativas masculinas (...)" (Bourdieu, 1998, p.86)4. La impronta del estereotipo femenino "sumiso" y "discreto" actúa como barrera para la mujer, impidiéndole construir un discurso sexual abierto y explícito que, en este contexto, está fuera de lugar.

   Resulta útil, por otra parte, considerar el papel de los medios de comunicación como legitimadores del orden social. Éstos no son entes autónomos, sino que se insertan en determinados contextos sociales, políticos y culturales; por lo tanto, comprender el mensaje que transmiten es analizar los discursos que circulan en la sociedad.
   
   En ese sentido, aunque está más que claro que la relación de fuerzas es muy desigual, el mensaje de Hombres busca afianzarse como relato alternativo al que, además de estar muy presente en la sociedad, es reflejado en programas de televisión de consumo masivo como Showmatch, donde el tratamiento que se le da a la sexualidad está atravesado por una perspectiva exclusivamente masculina.


   En el ciclo que conduce Marcelo Tinelli, el sexo es un tema recurrente. La explotación, en términos de aprovechamiento mediático, del "cuerpo perfecto" de la mujer convierte al programa en un producto dirigido mayormente al público masculino. El juego de seducción y coqueteo que propone el conductor con las bailarinas, sumado a la fuerte dosis de erotismo que rodea a los bailes de las vedettes y actrices que participan del certamen, construyen un relato sexual completamente opuesto al que se presenta en la obra de teatro. En Showmatch es el hombre quien habla de sexo, quien detenta ese "derecho exclusivo" al que hacía referencia Foucault. 

   Volviendo sobre la idea planteada al inicio, la censura a un discurso es, a su manera, una forma de ejercer violencia, mucho más sutil que la física pero no por eso menos riesgosa. El desafío de Barrilete Cósmico es, entonces, luchar contra esa violencia simbólica, proponiendo una resignificación de los estereotipos sociales vigentes y avanzando hacia una perspectiva de igualdad de género.


1- CELLA, S. (1999). La irrupción de la crítica (Introducción). En "Historia crítica de la literatura argentina (Tomo 10)". Buenos Aires: Emecé Editores.
2- BOURDIEU, P. (2000). "La dominación masculina". Barcelona: Editorial Anagrama.
3- FOUCAULT, M. (1992). "El orden del discurso". Buenos Aires: Tusquets Editores.
4- BOURDIEU, P. Op. cit


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